Las personas mayores dependientes tienen en común su necesidad de otras personas para responder a las demandas de la vida cotidiana. Estas personas ven disminuida, en mayor o menor grado, su autonomía personal, esto es, su capacidad para realizar de forma independiente las actividades de la vida diaria. Las personas mayores dependientes se diferencian entre sí en función del grado de dependencia que presentan. Algunas necesitan ayudas mínimas, como, por ejemplo, que les acompañen en algunos desplazamientos, mientras que otras requieren una atención amplia y constante, como es el caso de las que necesitan asistencia en su higiene personal o a las que es necesario darles de comer.

Habida cuenta de la importancia que tiene para toda persona mantener en su vida
un grado adecuado de autonomía personal o, lo que es lo mismo, de control sobre las circunstancias
de su vida cotidiana, queda claro que la pérdida de la capacidad para llevar a cabo las actividades
habituales esenciales es una situación que afecta en gran medida al bienestar integral no sólo de
la persona sino también de quienes la rodean, tanto por las implicaciones derivadas para ellos
mismos como por lo traumático de la visión del declive de los seres queridos.
La dependencia acarrea, en esencia, dos consecuencias:
Se distinguen tres tipos de dependencia con sus efectos correspondientes en el entorno
familiar:
La dependencia física. Puede sobrevenir bruscamente, de manera que el entorno familiar la
percibe con toda claridad. Sin embargo, también puede aparecer de forma progresiva y lenta, cuando,
por ejemplo, surgen algunas dificultades aisladas y paulatinas: pérdida de vista o de oído,
dificultades para hacer algunos movimientos como salir de la bañera, abotonarse la camisa... La
dependencia entonces es más difícil de medir y de percibir, tanto por el entorno familiar como por
la persona afectada. Estas limitaciones acumuladas son con demasiada frecuencia achacadas a la
edad, como si fueran algo inevitable. Esta percepción impide buscar soluciones médicas
-rehabilitación, medicación, operaciones- que permitirían superarlas o mitigar sus efectos sobre la
autonomía. La necesidad de ayuda y de cuidados físicos incide de forma básica en la familia. Es
ella quien, por regla general, asume esa responsabilidad.
La dependencia psíquica o mental. Sobreviene de forma progresiva. Se aprecia cuando la
comunicación cotidiana va perdiendo sentido, coherencia y eficacia, y la conversación se hace casi
imposible. Las personas afectadas comienzan a ser incapaces de expresar sus necesidades y de
cuidarse a sí mismas. Para las familias, el primer paso consiste en admitir el cambio psíquico que
se ha producido en el enfermo. Esto puede resultar incluso más doloroso que el desgarro que produce
observar el deterioro de un ser querido. A los efectos que genera en la familia el esfuerzo por
satisfacer las necesidades básicas de la vida diaria de la persona dependiente se añaden en este
caso los problemas conductuales, afectivos y morales derivados del cuidado del familiar con
disfunciones mentales, relacionadas en su mayoría a la demencia. Estos efectos se plasman en la
carga psicológica que genera la atención a estos pacientes y que debe soportar la familia.
La dependencia afectiva. Puede estar provocada por un golpe emocional que implica cambios de
comportamiento. Los despistes se multiplican y las demandas de compañía, también. Estos síntomas, a
veces difíciles de descifrar, deben entenderse como llamadas de atención. Las personas mayores ven
a menudo desaparecer a sus amigos. La ausencia más grave es la del cónyuge. La sensación de soledad
que producen estas pérdidas viene acompañada por una legítima inquietud: "¿Cuándo me tocará a mí?".
Esta forma de dependencia se manifiesta en la necesidad de la persona mayor de estar siempre
acompañada y alentada para relacionarse con los demás. Conviene recordar en este punto que la
soledad es la enfermedad más grave de la persona mayor.
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